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27 mayo, 2012

Los que se creyeron intocables

Banqueros, magistrados, pastores de la Iglesia, políticos de la más alta alcurnia. Se creyeron un día que habían alcanzado el cielo de la intocabilidad, la invulnerabilidad absoluta, la distancia perfecta entre el pueblo que los encumbraba, los elegía o los refrendaba y las leyes emanadas del pueblo para poner un límite al desafuero.

La crisis económica y, con ella, la sacudida de indignación ciudadana, los devuelve a la realidad, los convierte en humanos. Por mucho que el Gobierno se enroque y con sus torres y sus peones proteja figuras intocables como los banqueros que han hundido al sistema financiero español, terminarán por rendir cuentas ante el pueblo y, en cuanto se organicen iniciativas judiciales, pagando el quebranto ante un tribunal.

No es de recibo que un país sacudido por la quiebra, por el empobrecimiento generalizado y por un desempleo inasumible causados por los excesos inmobiliarios de la banca, tenga encima que gastarse lo que no tiene en salvar un sistema financiero corrupto que exige lo que nunca ha sido capaz de dar al país. Todos los responsables, los políticos y los financieros, incluidos los de Bankia y los de La Caja de Canarias, están obligados a dar explicaciones, a rendir cuentas ante los órganos donde está representada la soberanía popular o ante las jurisdicciones donde se imparte la justicia que emana del pueblo. Así lo dice la Constitución, que no son preceptos populistas tan al uso.

Dívar, la máxima corrupción moral

La justicia emana del pueblo y se imparte en nombre del Rey, dice la Constitución. La imparten los jueces y magistrados, cuyo órgano de gobierno es el Consejo General del Poder Judicial. El presidente del Poder Judicial, Carlos Dívar, y un grupo de vocales del consejo, respaldados por una decisión extravagante de un fiscal y unas declaraciones indecentes del ministro de Justicia, ha conseguido colocar a la Justicia en su punto de mayor deterioro de la historia de la democracia española.

Dívar representa a esos mediocres que alcanzan las más altas cotas de su incompetencia por el muy habitual y deplorable método de ser elegidos por consenso impostado, seguramente ante la imposibilidad de que un magistrado de mayor y más reconocido prestigio se prestara a la fórmula. Entre Zapatero y Rajoy pactaron su nombre posiblemente confiados en que fuera un presidente cómodo controlado por las dos facciones que, cuchillo calado entre los dientes, se han dedicado estos años a hacer y deshacer en el consejo sin que el presidente del Poder Judicial se molestara en poner un poco de orden.

Lo único que él quería, como ha quedado ahora demostrado, era vivir a cuerpo re rey aprovechándose de las ventajas del cargo y de una desconsiderada (y por muy poco delictiva) utilización de los fondos públicos destinados a viajes y representación.

La dimisión de Dívar sigue siendo obligada y exigible, porque un país democrático, moderno, que cada día proclama algún nuevo reglamento o ley de transparencia no se puede permitir tener al frente del órgano que gobierna a los llamados a aplicar esas leyes transparentes a un vividor de semanas caribeñas que invita a su amante a cenar y a dormir en sábanas de raso con el dinero de los sufridos españoles.

La podredumbre que anida en el Consejo General del Poder Judicial alcanzó esta semana pasada su cénit en el momento en que cinco de sus vocales, lejos de pedir la dimisión de Carlos Dívar, pidieron la del denunciante de estas correrías marbellíes. Es verdad que la dimisión de Carlos Dívar daría lugar a que se ponga al frente del Poder Judicial al vicepresidente del organismo, el ex consejero valenciano de Justicia Manuel de Rosa, un acreditado hombre de partido en su acepción más sectaria. Pero será un riesgo que tendremos que correr todos los españoles, o mejor dicho, que tendrá que correr él y quienes le apoyen ante cualquier hipotético abuso de poder, trapicería o machangada. Que ya no vale todo.

Pero si no dimite Dívar estaremos santificando (con perdón) el comportamiento corrupto de quien tiene que predicar (y más en su caso de hombre de misa diaria) con el ejemplo.

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