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21 marzo, 2012

Quemando fallas petroleras

Cualquiera de los argumentos de Esteban González Pons y de Rita Barberá nos valdrían. Lo clavan, la verdad. “El petróleo es una energía antigua, sucia y a extinguir”; “el paisaje beneficia a todos; el petróleo solo a la empresa (…) que pretende explotarlo”; “es el tiempo del oro verde, no del oro negro”; “que no se hagan prospecciones donde el oro verde es mejor que el negro”; “tememos al chapapote y a no volver a ver los eclipses de luna (…) porque nos los tape una torre petrolífera”. “Se acabó el turismo”. Tan acertadas frases podrían haber salido de la boca de cualquier dirigente político canario de los muchos que están embarcados en oponerse a la decisión del Gobierno de autorizar las prospecciones petrolíferas frente a Lanzarote y Fuerteventura, pero en realidad las pronunció el año pasado el diputado del PP por Valencia Esteban González Pons, el político con la incontinencia verbal más celebrada a este lado del río Pecos.

Antológica Barberá

González Pons no ha sido el único en expresarse así contra el petróleo. La lideresa valenciana, la mujer con más poder en todo el Levante español, Rita Barberá, también es autora de anatemas petrolíferos que, trasladados al actual contexto canario, harían las delicias de cualquier miembro de la plataforma contra las plataformas. En un acto interinstitucional y multipartidista celebrado en febrero de 2011, hace poco más de un año, la alcaldesa de Valencia decía cosas tan acertadas y patrióticas como que “hay momentos en la vida de los pueblos en que tenemos que manifestar la unidad, y ahora es uno de esos momentos”. Bien, Rita, ¿y qué más? Pues mucho más: “Unidad para expresarle al Gobierno [de España] y decirle con todo rigor que aquí no queremos prospecciones petrolíferas, que queremos mantener la identidad de nuestro litoral y de nuestra costa”. La señora Barberá se expresaba así en una pieza de la tele pública valenciana de dos minutos de duración en la que se ensalzaba la unidad de todos contra el petróleo, así como “el rigor” de la petición valenciana. Arropaban a la alcaldesa el entonces indiscutible Francisco Camps, el influyente Juan Cotino, y muchos alcaldes, incluso socialistas. Barberá enfatizaba el final de su soflama: “Pido a los valencianos que mantengamos una posición de unidad para mantener una posición de rechazo a las autorizaciones de prospecciones petrolíferas en el golfo de Valencia”. José Manuel Soria ha asumido en su totalidad las exigencias de sus compañeros del PP y ese clamor de la Comunidad Valenciana.

La diferencia principal es la petrolera

Esteban González Pons rehuyó por completo el debate ayer en Twitter cuando volvió a soltar la lengua a paseo y trató de resaltar las diferencias que a su juicio existen entre las prospecciones valencianas y las canarias. La distancia respecto a tierra es, a su juicio, la principal diferencia, ignorando consecuentemente las características ambientales de la franja de mar en cuestión, y por supuesto, el riesgo que pendería sobre el turismo de producirse el menor vertido. Los esfuerzos de González Pons son los de José Manuel Soria y los de todos los que intentan extender un manto de certezas que se desvanecen a poco escarbas en ellas mínimamente. Pero sin quererlo, González Pons dio en el clavo, en el acertijo que verdaderamente desentraña el enigma por el que son tan diferentes para el Gobierno las autorizaciones canarias y las no autorizaciones valencianas. El secreto está en la titularidad de los permisos de prospección, porque mientras en el Levante se trata de una multinacional inglesa, Cairn Energy, las autorizaciones para Canarias están a nombre de la multinacional española Repsol.  ¿Nacionalismo español? ¿Acaso el PP pone la proa a la pérfida Albión hasta que nos devuelvan Gibraltar? No, se trata de algo mucho más prosaico a la par que grotesco, y ambas poses tienen como protagonista al ministro del ramo, José Manuel Soria. Desde 2009, siendo vicepresidente del Gobierno, se comprometió con Repsol en una visita a su sede central en Madrid a desbloquear las prospecciones en Canarias, paralizadas por el Gobierno de Zapatero. Y ha forzado la máquina a una velocidad vertiginosa para adelantarse a cualquier cuestión jurídica que pudiera frustrar los planes de consolidar para los de Brufau los derechos sobre las cuadrículas canarias. Lo grotesco es tratar de endosarle sin éxito la carga de negatividad de las prospecciones a Paulino Rivero y, especialmente, a la parte nacionalista del Gobierno de Canarias. Un intento que puede estallarle en las manos y, por un absurdo error de cálculo y desprecio a los canarios, frustrar su victoriosa marcha hacia las elecciones de 2015.

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