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10 diciembre, 2009

Hablar de Aminatou

Conocí a Aminatou Haidar de la mano de Juan Luján un viernes, en plena calle de Triana, pocos días antes de que regresara a El Aaiún y fuera atropellada en sus derechos por las autoridades marroquíes. Juan la entrevistó para El Correíllo y ella contestó en hasaní con la ayuda de un compatriota, Mohamed Salem, delegado del Frente Polisario en las Islas.

A mi lado, alguien me relataba con todo lujo de detalles la fortaleza moral y la capacidad de lucha de esta activista, que ha sufrido por la defensa de los derechos de su pueblo hasta límites que a cualquier ser humano hubieran conducido a la rendición.

Cuando la detuvieron en el aeropuerto de El Aaiún en compañía de dos periodistas españoles me sorprendió que los demás periódicos resaltaran más la presencia en el incidente de estos profesionales que la verdadera noticia, la que luego ha dado la vuelta al mundo: Marruecos capturaba, por las bravas, a una mujer que representaba la oposición a un régimen feudal que se niega a aplicar las resoluciones internacionales sobre un territorio en conflicto.

Todo estalló de verdad cuando regresó a Lanzarote y puso en marcha su protesta en forma de huelga de hambre, una medida drástica ante una situación compleja que, desde el primer momento, salpicó a España de forma irremediable.

Ante una persona así, que encarna los ideales de libertad de un pueblo, parece tarea imposible discrepar lo más mínimo. No me refiero ni a su respetable postura ni a todo lo que ella simboliza. Discrepo de algunos excesos que, a mi juicio, se vienen produciendo alrededor de esta situación tan penosa y delicada.

Responsabilizar a España, culparla de retenerla en Lanzarote contra su voluntad y señalarla como verdugo si se produce un fatal desenlace simplemente por haber permitido su entrada sin pasaporte, me sigue pareciendo, veintiséis días después del inicio su protesta, un exceso de difícil comprensión. Los juristas debaten sobre la legalidad de esa entrada en el país, obviando algo que parece de Perogrullo: impedirle su entrada en España equivaldría a devolverla a Marruecos, y a continuación, a su expulsión. Y vuelta a empezar.

El único responsable directo de la situación de Aminatou es el Reino de Marruecos, y la única solución factible es convencer a su Gobierno de que reconsidere su actitud. Porque ni Haidar ha permitido otro pasaporte que no fuera el que le retuvieron en El Aaiún ni España ha sido capaz de enviarla a su tierra por otro método que no fuera el expeditivo, frustrado el pasado día 4 cuando, tras despedirse de los suyos y agradecer a Exteriores las gestiones realizadas, Aminatou embarcó en un avión en el aeropuerto de Guacimeta.

Marruecos juega con las cartas marcadas y cualquier país democrático ha de negarse a sentarse alrededor del mismo tapete. Pero, lamentablemente, ganarle a un tahúr así sin jugar al mismo juego y sin hacerle trampas, parece imposible. Usa más de dos comodines y si se ve perdido, rompe la baraja o manda asesinar al rival.

Escribo sobre Aminatou a sabiendas de que en los colectivos de apoyo a la activista y al pueblo saharaui estoy siendo considerado un periodista pro-marroquí. Me preocupa un poco que los defensores de tantos derechos no respeten el que tenemos todos a discrepar, aunque sólo sea de una parte de las lecturas que se están haciendo de este conflicto.

Porque hasta los héroes más admirados (y yo admiro a Aminatou Haidar) pueden llegar a equivocarse en algo, bien por acción propia o por acciones inducidas.

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