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06 septiembre, 2009

Si se tolera se puede contar



La noticia del día nunca debió ser el reportaje de Telecinco sobre la alta actividad sexual que cada día desde hace décadas registran las dunas de Maspalomas. En una esquina más recóndita de los periódicos (al menos del que yo dirijo) aparecieron este lunes unos datos escalofriantes y muy reveladores: Canarias soporta una tasa de analfabetismo cercana al 3%, según datos de 2007,  lo que quiere decir que, a la espera de lo que resulte de la fracasada política educativa de este Gobierno, hay más de 53.000 canarios que no saben ni leer ni escribir.

Pero siendo malo el dato, peor resulta comprobar que 3.000 de esos analfabetos son personas de entre 16 y 31 años, a lo que hay que añadir que estamos a la cabeza en fracaso escolar y que la educación ha dejado de ser una prioridad desde hace tiempo para los sucesivos gobiernos que padecemos. Eso dibuja de alguna manera la sociedad que estamos construyendo para el futuro, la que habrá de hacerse cargo, entre otras cosas, de gestionar la principal industria de la que vivimos, el turismo.

No se incluyen en estas estadísticas los analfabetos funcionales, entre los que se encuentran algunos destacados políticos de esta autonomía.

Canarias es una sociedad con un bajísimo nivel educativo y cultural, siento escribirlo, y ésa es una de las razones por la que somos capaces de escandalizarnos ante un programa de televisión nacional que describe una situación perfectamente conocida por todos, mientras nos encogemos de hombros ante la deriva que están tomando asuntos mucho más vitales para nuestro presente y nuestro futuro.

Es la recurrente historia del enemigo exterior. Si lo cuenta un periódico local (La Provincia recordó este mismo lunes que en 2004 publicó incluso una infografía con los lugares exactos donde se practica el sexo en las dunas) no pasa nada. Pero si lo cuenta un medio de difusión nacional se suceden, por este orden, la indignación, el crujir de dientes, el ánimo de venganza y la búsqueda urgente de a quién endosarle el mochuelo.

El programa La Noria, de Telecinco, se caracteriza por ofrecer reportajes con una fuerte carga morbosa y amarillista, que entrevera con algunos debates de pretendida altura política. A nadie debería sorprender por tanto lo que hizo el sábado con su reportaje sobre las dunas de Maspalomas, y mucho menos al comprobar que nada de lo que se contó se alejó mucho de la verdad, contada, eso sí, con la truculencia que gusta a la tele amiga.

En Barcelona hubo una reacción similar ante la publicación en El País de un durísimo reportaje sobre el sexo de pago en el mercado de la Boqueria, y hasta se ha abierto un debate entre periodistas y lectores de ese diario acerca de la oportunidad de publicar unas fotos muy explícitas en las que se ve a clientes y prostitutas en plena faena. La reacción de Ayuntamiento y Generalitat ha sido actuar contundentemente contra una práctica conocida pero hasta ahora tolerada.

El Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana también ha permitido hasta ahora el sexo en su principal joya turística, aunque a diferencia de lo ocurrido en la Boqueria, no parece que estemos ante prostitución callejera ejercida en plena vía pública, sino de intercambios sexuales voluntarios en lugares semiescondidos que es necesario buscar y encontrar para poder filmar.

No vale rasgarse las vestiduras en una postura bastante cercana a la hipocresía. Si existe y se tolera, se puede contar. Y si se cuenta y no gusta, arreglemos el desaguisado, pero no mandando a Carmen Guerra al plató de La Noria a dar patadas a la gramática española para que el ridículo pase a ser mayor.

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